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LADRIDOS. De la serie «RECORTES», Nº 68. Por Pablo Romero Gabella
Se defienden bien
(De «Las Tragedias»)
Goya
1746-1828
«—En estos momentos, a la gente se la está tratando como a perros. Que no se extrañe el poder si en un momento determinado la gente, que hasta ahora solo ladra, pasa a morder.
—¡Víboras venenosas! ¿Qué quieren esos malditos? ¡No entienden nada! Sólo saben ponerse como un trapo y soltar sandeces. ¿Y qué me dices de ese charlatán? Y patatín, y patatán. ¡Ah, picadura de insecto, ah, moscón de burra!»
[J. Duva, «Siete multados por escrachar a una diputada», El País, 13 de abril de 2013 / Boris Pasternak, El doctor Zhivago, Barcelona, 2012, pág. 55 (traducción de Marta Rebón), 1ª edición en 1957]
LÚGUBRE HORIZONTE. Por Rafael Rodríguez González
Cartel de Rafael Luna (1988)
Bajo el Gobierno títere del mariscal Pétain y su primer ministro Laval se quiso promulgar en Francia una reforma de la Constitución para dotar a dichos prendas de plenos poderes, aunque la propia Constitución prohibía que se la modificara bajo presión del enemigo, que en ese caso era nada menos que el ocupante nazi. Al final no se llevó a cabo: no hubo necesidad de tal formulismo, porque ¿y si se deja de considerar enemigo al enemigo? Aquí, ni eso hizo falta: se modificó la Constitución en 2011 por acuerdo de Laval y Pétain, digo de Zapatero y Rajoy. Y con la indispensable firma de Juan Carlos I, el rey elegido por todos los españoles, como todo el mundo sabe.
Fue la culminación, aunque puede haber más capítulos, siempre peores, para ir de cabeza a cumplir lo que nos dicta el IV Reich, que para eso se suscribió, sin ninguna información ni consulta a la población española (y creo que de ningún otro país) el tratado de Maastricht, y del mismo modo la entrada, inmersión o zambullida en el euro; o sea, la renuncia a los restos de autonomía de que podían gozar los países europeos entre sí y en el entramado mundial. En ambos momentos, cuando Maastricht (1993), y cuando el euro (2002), España estaba como cuando el referéndum de 1986 sobre la permanencia en la OTAN —baldón del que no nos libraremos jamás por culpa del trinomio ignorancia+cobardía+chantaje—, es decir, contenta de que los sapientísimos gobernantes de uno y otro redil nos condujeran por el camino que convenía y sigue conviniendo a los más poderosos. Y por ahí seguimos yendo: al yugo, a la ruina, al sometimiento, a la vergüenza.
Mientras tanto, y además, asistimos al espectáculo del destape de varios casos de corrupción que excede de la que podríamos llamar «normal», es decir, de la no contemplada en las leyes. Ya se sabe, o debiera saberse, que las leyes no saben/ no contestan sobre la corrupción consustancial que recorre todo el entramado del Sistema hasta el más pequeño cartílago. Corrupción sistemática es, además y consiguientemente, la que corroe millones de caletres que consideran natural todo lo que pasa (aunque no les guste), como si un supuesto orden dispuesto por algún dios o por la propia naturaleza de los humanos fuese lo que hay que mantener por los siglos de los siglos (que nos queden, y no serán muchos).
En fin, un panorama aterrador, a qué negarlo. Creo que más negro de lo que nos puede parecer a primera vista. Pero sí, hay mareas: la verde, la azul, la blanca… Todas muy justas, pero también muy «justitas». Hasta que no se junten en un justo y justiciero tsunami aquí no hay nada que hacer. Ni aquí ni en ningún sitio.
¡Ah!, no puedo dejar de recordarles una frase del Papa Bergoglio, dirigida, creo yo, a los ricos y a los ultracodiciosos: «El sudario no tiene bolsillos». No lo ha descubierto él, pero por lo menos coincide con la sabiduría popular: «P’allá nadie se lleva ná».
GOBIERNO DE SALVACIÓN. Por Rafael Rodríguez González
Existen hombres y mujeres capaces y valientes. No voy a dar nombres (hay que protegerles). ¿Pero cómo investirlos de poder? Más importante aún: ¿se sostendrían?
«Esto no hay quien lo arregle». Es lo más oído en la calle, en las fábricas que quedan, en las universidades, en las colas del paro. ¿Entonces? ¿Seguiremos instalados en la hiperestafa, en el macrodesfalco, en la superfarsa, sin conservar derecho alguno, es decir, inertes e inermes bajo la dictadura? ¿Hay que seguir alimentando la sensación de impotencia, la realidad de ser siervos y de ser nulos en política? Es muy probable, sí, hay que admitirlo. De hecho, nos aproximamos a la oscuridad más absoluta a la velocidad de la luz. Si así sucede no será porque los que dominan el cotarro no estén dando pie a que se origine la revuelta, pero… Veamos algunas cuestiones.
Dejemos sentado que los banqueros alemanes y de otros países, incluida España (y en consecuencia sus respectivos Estados), son los principales dominadores, a los que acompañan, como la caspa al pelo, los encumbrados políticos (muchos son lombrices intestinales, o sanguijuelas sin fines curativos). Pero no nos equivoquemos: eso del 99% frente al 1% es una ilusión; como mucho, una visión teórica basada en potencialidades teóricas. Y en deseos explicables. El análisis concreto de la realidad concreta nos indica que al servicio, directo o indirecto, de esos dominadores, hay un conjunto de personas, individual o colectivamente tomadas, que constituyen una fortificación, muy sólida por lo general, del orden establecido.
Por otra parte, téngase en cuenta que los siameses sindicales no paran de exigir (en realidad de suplicar) pactos, como si a estas alturas tuviesen algún resto de poder y los pactos alguna vez hubiesen servido para algo (a los de abajo, digo). Y que tanto Rubalcaba como Cayo Lara, en sus apariciones televisivas, exhiben su complicidad con lo que hay: si un Gobierno no es directamente corrupto tiene derecho a imponer a la población cuantos sacrificios considere. ¡Eso es lo que en realidad dicen! Del PSOE, ¡qué decir!, y lo de IU suena a lo que es: claudicación total y definitiva. En los dos: verborrea pura y simple. ¡Qué panorama! Y, para colmo, la corrupción más encandalosa centrándolo todo, cuando la corrupción está en el ADN del Sistema, impregnándolo de arriba a abajo y siempre.
Hasta es posible que existan conspiraciones en más de una dirección, tendentes a una «solución» aparentemente «tranquilizadora».
De modo que no hay forma de lograr un Gobierno de Salvación como no sea que la mayor parte del pueblo haga que los poderes se plieguen a la apertura de un proceso constituyente que ponga los problemas sobre el tapete a la vista de todos. Y, luego, que ese pueblo verdadero sostenga a ese Gobierno si se sostiene en su cometido. Pero, ¿cómo y a costa de qué sacrificios?
Contaba Manuel Sacristán, uno de esos sabios que la Humanidad produce de tarde en tarde, que Hugo de San Víctor, hace ochocientos años, abría su Dialéctica recordando a los lectores que la gente hablaba antes de que hubiera gramática, y que razonaba antes de que existieran tratados de lógica. Metáforas como esa están hechas para aplicarse.
ALCALDES, O ZOQUETES. Por Rafael Rodríguez González
En Paraguay llaman zoquete al cargo público. Ignoro si con la misma exactitud guasona que aquí lo haríamos.
El alcalde de Sabadell, el de X, el de Y, el de K —nos faltarían letras en el alfabeto—, están imputados como presuntos culpables de prevaricación en distintos grados, siendo la sirvengonzonería en grado superlativo el denominador común. Enjuiciados judicialmente no están todos los alcaldes de España, es cierto, pero en el discernimiento popular se salvan poquísimos.
El de Sabadell, uno de los alcaldes más cursis de España, dijo, al dejar en suspenso su cargo: «Me aparto unos centímetros», como el que va a freír un huevo y no quiere que le manche el aceite. El que no manchó su honor fue un antecesor suyo, que echó a empujones de su despacho a un empresario que intentó sobornarlo. «Me aparto unos centímetros», dice el relamido. Lo que tienes que hacer es irte al infierno, mamarracho.
«El mejor alcalde, el rey». Pues ya ni eso.
Un amigo, tan exagerado como casi todos los que tengo, jura que iría a comer con un alcalde sólo si este devolviera todo lo que se haya comido. Y puntualiza: «Antes, antes».
Otro dice que, en un futuro, la sociedad habrá alcanzado tal nivel de equidad y conciencia que los encargados de ejercer el mínimo control necesario lo serán por rotación. Vale, pero no creo que a la Humanidad le quede tanto tiempo.
A Pepe Isbert y a Manolo Morán, alcalde y conseguidor, respectivamente, en Bienvenido Míster Marshall, no se les puede achacar haber creado escuela de alcaldes y conseguidores (pobrecitos míos; digo Isbert y Morán). Además, éstos de ahora ni tienen gracia ni son buenos actores.
Hay alcaldes a quienes les pierde el ego; a otros, la ambición pecuniaria; los hay que ambas cosas y otras más. Lo que es seguro es que para entonces el ego y la ambición ya habrán echado a perder sus municipios.
«La gente es tonta, ¡un hombre honrado no puede ser alcalde!». Esto se lo oí, siendo yo un pollo, a un viejo que hablaba con otro acerca de la conveniencia de que fuese nombrada alcalde determinada persona (a la que conocí y traté muchísimo). Es una verdad que nunca tomé como absoluta.
«¿De dónde vienes?», le pregunta un paisano a otro. «De pedir cita con el alcalde, ¡y vaya lo que me han dicho!». «¿El qué?». «Esto: ¿pero usted quién se ha creído que es?». Tal hecho, no se confundan, sucedió en Zamarra de Enmedio.
Hay alcaldes que son muy sonados; otros hay que están más sonados que los rivales que le buscaban a Urtain. Se puede pertenecer a ambos grupos simultáneamente.
Los zoquetes demostradamente corruptos, y también los sospechosos de serlo, son votados elección tras elección. La mayoría de esos votantes considera que hacen bien (los alcaldes), porque «yo haría los mismo». ¿No es para sentirse orgullosos de esos votos? En la democracia de los piratas, es decir, en la realmente existente, sí.
1000 KILOS DE HACHÍS «ES-FUMADOS». Por Parco Lacónico
ministro del Interior de España
Tengo un amigo que a su vez tiene otro cuyo hijo es muy amigo de Leo Messi, ese excelente practicante del balompié tantas veces premiado con el Balón de Oro. Pues bien, enterado de estas circunstancias, un conocido joyero de Alcalá me ha pedido que lo pusiera en contacto con ese mi amigo que a su vez…, de forma que pudiera entablar negociación con el futbolista para adquirir uno o dos de esos balones. Ese joyero razona así: si ya tiene cuatro y seguramente ganará algunos más, ¿por qué no va a venderme a mí uno o dos, si se lo pagaré bien? Dice todo eso mientras coloca otro letrero más grande en la puerta, con la consabida leyenda: «Se compra oro. Pago de escándalo».
En un país en el que se oyen las explicaciones del ministro del Interior sobre el robo de 1000 quilos de hachís de una dependencia policial (ya conoce el lector las circunstancias), sin que nadie se ría en sus barbas ni exija su destitución, es que la vergüenza y la dignidad no habitan en esos seres que circulan por el Parlamento: diputados y ministros. Además, lo que tienen que hacer es legalizar el hachís; ahora bien, que sea cuando haya un Gobierno en el que todos los ministros, y el primero el de Interior, no anden siempre tan colocados.
No sale en ningún medio, pero un tal Sebastián Sastre ha sido nombrado magistrado de la Sala de lo Civil del Supremo, la misma que habrá de decidir sobre las estafas de las preferentes. No pasaría nada si este Sastre no fuera el mismo que ha cortado los trajes a medida de la Banca española durante años.
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Si quiere leer más del escritor Parco Lacónico en «CARMINA» pinche en su nombre
AL PUEBLO NO LO ENGAÑA «EL LIMONATO». Por María del Águila Barrios
Giuseppe Pellizza da Volpedo
1868-1907
«¡El Pueblo, unido, jamás será vencido!», gritaban. Todo empezó con un pequeño grupo de ocho o nueve personas que se echaron a andar juntas en Monte Carmelo y que fueron bajando desde la avenida 28 de febrero, buscando la plaza de El Duque, pasando por la de El Barrero y por la calle Mairena. En ese largo trayecto se fueron sumando vecinos, transeúntes, que escuchaban la consigna y se acercaban a ver, y se sumaban a lo que ya podía llamarse una manifestación, y unían sus voces a los otros. Llegaron desde todas las calles perpendiculares a ese trayecto, y los que estaban en el trayecto mismo se dejaban absorber; y eran tantos que por la calle La Mina eran incontables y de serlo habrían de ser miles. ¡Miles!, en una manifestación como nunca se podría haber visto en Alcalá y gritando «El Pueblo, unido, jamás será vencido.»
—¿Quiénes son?—, pregunté a la altura de La Plazuela a una señora de sesenta años, que pasaba cerca de mí, y me contestó, como orgullosa, con consciencia, diría yo, incluso con firmeza, con categoría: —Somos los que no votamos a Limones—. Ah!, pensé: esto que estoy viendo, y escuchando, es algo distinto. Sí, percibía que lo que yo sentía no tiene nada que ver, al menos solamente, con la impresión que provoca contemplar una masa de gente, una multitud. Era una impresión diferente o muy infrecuente. Me llamó la atención por no ser informe, sino todo lo contrario, real, con forma y hasta algunas canciones entonaron. Estaban todas las generaciones de vecinos de nuestro pueblo que sufren que se les haya arrebatado su pueblo, su pasado, su presente y su futuro en estas décadas de continua descomposición y vida pública disipada. Estaban todos: los que no votaban, los que dejaron de votar, los que votaban a otros, los que votaban con asco, los que votaban equivocados, los que votaban en blanco, estaban todos, efectivamente, los que no votaban a Limones.
Dentro del Ayuntamiento celebraban un Pleno y a pesar de la insonorización y decoraciones palaciegas acometidas en algunas estancias del edificio, que lo habían convertido en un suntuario lugar, caro y con muy mal gusto, cuando los gerifaltes se enteraron de lo que pasaba en la calle era ya imposible llamar a los guardaespaldas: se asustaron como nunca y se pusieron a pensar en que fuera ya no aguantaban a los de dentro.
…Y entraron los manifestantes, como auténticos revolucionarios, gritando esta vez «¡Abajo el Limonato!». Como si un Versalles del siglo XXI fuera el Consistorio alcalareño, salvando todas las obvias diferencias, allí entró la multitud y sacó a la calle a los que llevaban años apoltronados y, lo que es peor, dedicados sólo a arruinar a los súbditos sin hacer nada bueno por ellos, sin pensar en nada. Querían cortarles sus cabezas, buscar una guillotina, instalarla en la acera del bar de enfrente y allí ¡zas y zas y…! Pero de pronto no fue necesario descabezar a ningún munícipe: cuando el público vino a darse cuenta y miraron, como por última vez, por piedad, a los concejales antes de consentir la ejecución, quedaron asombrados por lo que sus ojos vieron: ¡No tenían cabeza! ¡Los concejales no tenían cabeza! Para que nos convenciéramos se quitaron lo que sólo era un artilugio de poliéster que simulaba sus bustos y los pusieron sobre las baldosas sucias de la acera. Luego dimitieron y, como en muchos pueblos españoles también se había producido una manifestación parecida, se inició un proceso constituyente en todo el país…
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
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